Sáchica: el municipio más cervecero de Colombia

Por: Nicolás Segura Caicedo // Redacción Directo Bogotá

Desde 2019, este municipio boyacense de menos de 4000 habitantes ha sido el lugar donde más cerveza se toma en Colombia: alrededor de 576 frías por cabeza al año. Directo Bogotá lo visitó y observó cómo es la vida diaria de este recientemente famoso rincón del país.

Parque principal de Sáchica, Boyacá. Tomada de Wiki Commons

Este es un viernes diferente para un joven. La protagonista es la mañana, y no la noche. Este es el inicio tanto de esta crónica como de un viaje hacia un lugar que, si bien nunca fue olvidado —pues nunca gozó de gran reconocimiento—, es muy especial en Colombia. Se trata de uno de esos sitios que por algún motivo se vuelven únicos y generan preguntas en las cabezas de las personas.

Es claro, y a veces obvio, que los viajes son como un tarjetón de sugerencias en un restaurante reconocido que se ha desvalorizado por su mala atención. Hay opiniones de todo tipo: constructivas, destructivas, incoherentes, coherentes, rebosantes de amor y una que otra inspirada artísticamente. Así son los viajes; se pueden hacer de mil maneras: por tierra, por aire, caminando, en carro, en bus, en avión o en helicóptero, entre otras opciones. Para esta ocasión el viaje escogido fue por tierra y en carro.

Salimos desde la 153 con autopista un viernes a las 6:15 a. m. Y el camino es igual de largo a tres partidos de fútbol, con parada de desayuno incluida. A esa hora, la autopista la conquistan los buses en su revolución contra los carros. En gran parte, estos articulados públicos y privados son los encargados de la congestión: van de carril en carril, como si fueran un caballo salvaje en la sabana de los Llanos Orientales, recogiendo y dejando pasajeros a lo largo de la carretera.

Luego de pasar esta travesía, es otro el camino. Los carros se disparan como un show de fuegos pirotécnicos de todos los colores hasta llegar al peaje de los Andes; luego retoman el espectáculo. Es pertinente decir que se necesitan cerca de 50 000 pesos para pagar los cuatro peajes que conducen a nuestro especial destino final. A esa hora y con ese frío de congelador, el cuerpo va pidiendo a gritos algo de comer, o por lo menos una bebida que contrarreste la temperatura.

A las 8:30 a. m., cerca a Chocontá y después de haber pasado por Gachancipá, aparece al costado derecho de la carretera un letrero grande en fuente Arial que dice Villa Cecilia: un desayunadero fundado por cuatro hermanas y un hermano boyacense. Me satisfacieron la atención y los deliciosos productos criollos que ofrecen, aunque uno que otro mesero es olvidadizo con los pedidos. Destaco el caldo de costilla, que es todo lo que debe hacer en una cocina; los huevos en buena y generosa porción; el jugo de naranja, que, aunque miniatura, tiene un sabor tan dulce que se podría pensar que no es del todo natural, y el pan, que le hace sentir a uno el movimiento de las tripas.

De este punto en adelante, hay un desfile de paisajes al mejor estilo de la galería de fondos de un computador Windows. Son una mezcla de matices de verde, desde el que viste un loro hasta el radiactivo enceguecedor que muchas veces usan los árbitros de fútbol, y matices desérticos, correspondientes a algunos cultivos quemados por el clima. No obstante, otros sí lograron dar frutos variados que surgen de la tierra: papa, la consentida de los campesinos —esos que desde temprano la recogen cuando la flor morada ya está brillando—; cebolla cabezona, que emite fuertemente su aroma; maíz; uva; arveja; y tomate, siempre encapsulado en invernaderos.

Por supuesto, los ciclistas no faltan. En el departamento de Nairo Quintana es tan habitual montar bicicleta como lo es jugar béisbol en Venezuela. Estos deportistas sacan la lengua, pedalean con lentitud y, al mismo tiempo, ostentan una voluntad tan grande como cualquiera de los camiones de la ruta. Con sus gafas coloridas y sus uniformes en sintonía, estos andadores se hidratan al son del duro desgaste físico que exige este deporte.

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Al fin ha llegado el momento. Una valla de Aguardiente Néctar bautiza nuestro destino hacia las 10:30 a. m., con un sol picante y seco —de esos que dejan la cara como un camarón si uno no se aplica el bloqueador— y una temperatura de 30 Cº. Viajamos a Sáchica (Boyacá), el pueblo más cervecero de Colombia desde el año 2018: cada sachiquense se toma una cerveza y media por día durante todo el año.

La primera impresión que genera Sáchica es la de un lugar tranquilo, donde incluso se escucha a las aves chismosear. En la primera cuadra, subiendo hacia la plaza principal, está el Hotel Plaza Medina, uno de los tres más lujosos de la zona junto al Gran Sirius y al San Luis Sáchica. En aquella subida de piedras se ven droguerías, tiendas de mercado, chicherías, peluquerías —donde ofrecen el corte del 10 de la Selección Colombia, el de James— y restaurantes que manejan de pe a pa la gallina. Hacia la plaza principal el pueblo está limpio, pues hay unas personas con overol azul barriendo hasta el último centímetro de polvo.

El centro de Sáchica es tan acogedor como solitario. Es como los pueblos de las películas de vaqueros: parece habitado solo por personas mayores de edad. Sin embargo, aunque parezcan invisibles, tiene más de 3500 habitantes. También tiene una cancha de fútbol en cemento. Además, está repleto de árboles de olivo, que, aunque están en perfecto estado, son un poco opacos, como tristes; pareciera que hace mucho tiempo no se refrescaran con alguna gota de agua. A las 11 a. m., la iglesia principal es como la de la mayoría de pueblos de Boyacá: íntima, oscura, llena de cuadros y muy visitada.

Panóramica de Sáchica desde el cerro El Calvario. Tomada de Wiki Commons

Desde el principio quise indagar sobre la fama del municipio más cervecero, así que procuré una conversación con alguna voz autorizada. Di una vuelta por la plaza central, por sus pasillos, y luego me dirigí a una tienda bastante visible pero con un toque aterrador en el interior.

Allí hablé con una señora que estaba limpiando un orinal; luego me dijo que se llamaba Mery. Todo empezó conmigo pidiéndole una cerveza. Primero me contó que el producto que más vendía efectivamente era la cerveza, en especial la Águila —puesto que era 500 pesos más barata que la Póker—. Sin embargo, no tardó en aclarar, con cierto sentimiento por su Sáchica, que no era porque la gente fuera alcohólica: “Acá se toma mucha cerveza porque las labores de campo empiezan a las cuatro de la mañana. Entonces, claro, a las ocho ya están que se destapan una fría. Los hombres, sobre todo”.

Sin embargo, no dudó en decir que vendía todo el día, por lo menos hasta las 10 p. m., como ordenaba la policía municipal; en cualquier momento podían llegar a tomarse una que otra “fría” una persona o un grupo, que, en su mayoría, terminaban abriendo una botellita de aguardiente Líder. Además, se hacen pedidos semanales de 15 a 20 petacas en total los días lunes y jueves. Con su experiencia, ha aprendido dos lecciones que ahora usa casi como un lema: la primera, un fuerte y claro no fiar, pues esto casi le acaba el trabajo a causa de la molestia de las personas con el cobro; la segunda, no venderle a un alias Hombre Loco.

Doña Mery no había almorzado. Hizo una llamada celular, se comunicó con el restaurante La Cocina del Olivo y pidió lo de siempre: carne (o a veces pollo), ensalada y limonada a tan solo 7000 pesos. Mientras comía su domicilio, contaba que sus dos hijos eran profesionales y que de vez en cuando la visitaban para tomarse un juguito.

Pasada casi una hora llegó un hombre de alrededor de 75 años, Don Delio. Este tenía una cachucha azul pálido, saco verde montañoso, camisa y pantalón del color de la plaza central y unos zapatos ya no tan negros a falta de betún. Estaba triste, bravo y decepcionado, como “entusado”. Lo primero que dijo fue: “Buenas, doña Mery, regáleme la misma de siempre”. Y en cuestión de segundos y con secada de trapo le sirvieron una cerveza Águila. Al segundo entró Doña Yolanda, quien hizo el mismo pedido y le trajeron una Póker. Tenía sombrero rojo cereza, vestido largo hasta los tobillos y unos zapatos Toms ideales para el clima.

Aunque al principio hablaron de temas comunes —si ya habían ido a misa, los impuestos, el almuerzo y otra variedad de cosas que manejaban en clave—, Don Delio tomó las riendas de la conversación como si se frenara en seco a un caballo y dijo a Yolanda y a Mery con voz temblorosa y seria:

—Imagínense que todavía no ha aparecido.

—¿Cómo qué no? —replicó doña Mery.

—Sí. Esa verrionda nada que aparece —dijo casi entre los dientes—. Aunque me contaron que la vieron en la vereda El Espinal.

Doña Yolanda no decía nada; le dio más bien un ataque de risa que haría que cualquiera la considerara una cómplice de quien Delio describía. Mientras abrían la segunda y tercera botellas, contaron que tomaban cerveza desde pequeños, aunque de menores de edad se les complicaba porque no les vendían. En la actualidad, con la edad que tienen y sin labores de campo, se toman una cada vez que bajan al pueblo, pues viven en las veredas de más arriba.

Luego siguieron con la conversación importante. ¿dónde estaba quien para mí era anónima? Yolanda y Mery le empezaron a endulzar el oído con que ya no iba a aparecer, que no siguiera buscando; por lo que Delio dijo que no quería hablar más del tema, que más bien lo acompañaran a seguir tomando, que al fin y al cabo esa era la manera más práctica que había encontrado de solucionar sus problemas: con una botella en su mano izquierda. Así terminó el viaje de un viernes diferente, con una frase de Don Delio (y seguramente de los sachiquenses) que no se puede olvidar jamás: “Vuelva pronto, mijo, para echar chisme otra vez”.

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