¿Cómo escapar de la realidad boxeando en un escenario?

Por Loren Buitrago // Especial Chocó

Angie Paola Martínez tiene 17 años y vive en un barrio sin nombre al que ella bautizó como “huequito lindo”, en Quibdó. Así es la vida de esta joven estudiante de psicología que alza la voz por las mujeres maltratadas por medio del teatro.

Mientras habla, puedo sentir cómo se mueve de un lado a otro. Ella camina y empieza a hacer cosas con sus manos. Suenan papeles y ropa frotándose entre sí. Al fondo, el noticiero de la tarde explica por qué no puedo verla sino apenas oírla. El paro armado ha dejado encerradas en sus casas a miles de personas en varias zonas de Colombia: Córdoba, Sucre, Cesar, el sur de Bolívar, Urabá, bajo Cauca y Chocó, el departamento en el que vive Angie Paola Martínez Berrio ⎯una joven de 17 años que se ha convertido en un ejemplo de liderazgo en su ciudad, Quibdó⎯. Antes de conversar, me explica que no tiene internet y, debido al paro, uno de sus conocidos fue a su casa a compartirle datos para que ella pueda estudiar. La conexión es inestable. Cualquier intento de prender la cámara nos dejaría incomunicadas.

Si le preguntas dónde vive, te responde que al lado de Buenos Aires, diagonal a la Fe y abajo de Samper, instrucciones que sólo podría entender alguien de Quibdó. Su barrio no tiene nombre. Es una calle cerrada en forma de medialuna que alberga 5 casas, un árbol grande en medio de una montaña de tierra y una vía de barro con pequeños bloques de cemento, pruebas de que alguna vez estuvo pavimentada. Las casas son de cemento. Están sin pintar, por lo cual las sillas y mesas rojas de plástico frente a cada casa sobresalen en el paisaje. Los techos son tejas de lata de color gris. Algunas tienen pintura roja desgastada. Allí, cuando no hay paro armado, los vecinos de Angie se reúnen a jugar cartas y conversar. Cada diciembre, en navidad y año nuevo, el árbol se convierte en el punto de reunión para hacer sancocho, bailar y contar anécdotas. Este pequeño barrio es conocido como “Hueco Lindo”, pero Angie le dice “Huequito Lindo”.

ꟷTodos los que vivimos acá somos como familia. No hay un presidente comunal ni una persona que nos ayude. Nadie sabe que estamos aquí, ni siquiera el gobierno. Es por eso que nos tocó empezar a ayudarnos entre nosotros. Al salir del Huequito es que están todos los barrios fronterizos, y salir ahí es enfrentarse a la inseguridad ꟷ.

La inseguridad de la que habla Angie se ve reflejada en los periódicos locales y nacionales: ataques con machetes, pistolas y cuchillos son comunes en estos barrios. En Buenos Aires, un ataque con estas tres armas causó la muerte de 3 jóvenes, entre 12 y 17 años, en abril de 2021. En ese mismo año, en Samper, fueron capturados más de 5 integrantes de bandas delincuenciales asociadas al narcotráfico: alias ‘Siete’, alias ‘Samper’, alias ‘Grande’, ‘Cristian Muelas’ y ‘La Chinga’, sin contar las diferentes persecuciones por panfletos amenazantes, sicariato y extorsiones. 

ꟷAquí no se puede respirar sanamente. Ningún barrio está exento de violencia. Puede que en mi sector eso no pase mucho, pero cuando salgo de él quedo expuesta a todo. Acá lo que llaman “el futuro de los jóvenes» se está perdiendo ꟷ.   Angie acompaña sus palabras con un suspiro, dándose tiempo para pensar antes de seguir hablando. ꟷQuibdó es una ciudad que tiene mucho potencial en cuanto a todo, en cuanto a cultura, al potencial artístico que tienen los jóvenes y las ganas de salir adelante, pero la ola de violencia que vivimos es muy grande, las personas que nos gobiernan no cumplen su papel y los jóvenes sufrimos día a día las consecuencias… La verdad, no sé qué tanto se pueda hablar de esta ciudad ꟷ.

A Angie no le gusta salir de su casa. La inseguridad que la rodea y su personalidad desafiante con las injusticias la mantienen en su lugar favorito: su cuarto. ꟷAllí puedo estar sola, tranquila. Puedo estudiar, puedo hacer todo lo que quiero en cuanto a estar relajada, calmada. Me gusta porque me gusta estar en un ambiente en el que me pueda sentir yo misma y no tenga que ir a enfrentarme a las críticas, a las discriminaciones y a todo el contexto de la sociedad―.

Le gusta estudiar. Empezó la carrera de psicología en el primer semestre de 2022, en la Universidad Tecnológica del Chocó. Recuerda el colegio como una de las etapas más duras de su vida. 

ꟷRecibí mucho bullying por parte de mis compañeros. Era la nerd, pero esa nerd que no les caía bien, y no porque sea egoísta o algo así, simplemente porque nunca me quedé callada frente a las injusticiasꟷ. Fuera por orientación sexual, expresiones de identidad o gustos, Angie nunca dejaba que se burlaran de sus compañeros. ―Me decían que yo era una metida, que él o ellos no encajaban. Fue algo muy duro porque yo sentía lo que mis compañeros sentían: la soledad, la incomprensión. Estuve mucho tiempo tratando de hacerles entender a los otros compañeros que lo que estaban haciendo estaba mal. Yo defendía los derechos míos y de los demás―.

Angie ha escrito sus propios monólogos. Éstos son bastante personales, narran su proceso de crecimiento creativo, personal e intelectual. Su monólogo favorito, en el que cuenta cómo logró superar los traumas del colegio, pudo presentarlo en Bogotá en el 2019.

Durante sus años de colegio, Angie ganó medallas, banderas y diplomas por reconocimiento a su buen rendimiento académico. Esto no pasó desapercibido por sus compañeras. ―Si me ganaba las banderitas entonces mis compañeras no me hablaban― recuerda Angie con tristeza―. Me faltó mucho por vivir porque en un momento de mi vida, en primaria sobre todo, dejé de ser yo misma por agradarles a las demás personas. Yo creía que ellos tenían la razón, que debía parar de armar problemas, porque si todo no era tal cuál como ellos decían, yo no iba a tener con quien hablar―. 

No sólo sus compañeras y compañeros eran los causantes de su incomodidad. ―A mí no me gusta tragar entero. No me gusta callarme. Me gusta hablar cuando veo las injusticias. Es por eso que tuve problemas con el rector de mi colegio, a él no le gustaban las correcciones, sugerencias o preguntas ―. Dice Angie antes de soltar un suspiro. Cuando le pregunto cuáles eran sus reclamaciones al rector, sólo me dice: ―Uff… ―. Notas, tareas y castigos injustos: todos esos temas pasaron por las denuncias de Angie. Al final, la carga académica, su activismo y las tareas domésticas causaron en Angie problemas en los huesos y bajas defensas. ―A mí el rector me dijo que si no me vacunaba, no me dejaba graduar. Yo no podía vacunarme. Tenía que ser una vacuna específica para que no me causara complicaciones por mis enfermedades y esta aún no llegaba al departamento. Yo sabía que la vacuna no tenía que ver con mi grado, pero también sabía que era la excusa perfecta para no dejarme graduar. Eso fue muy duro. Después de tanto esfuerzo y dedicación por parte mía y de mi familia, me tocó quedarme sentada viendo cómo personas que nunca se habían esforzado recibían su diploma y yo no―. 

A pesar de las adversidades, al final del bachillerato, Angie descubrió que su vida tenía más cosas buenas. Empezó a hablar con gente mayor a ella, que conocían otros horizontes y otras visiones, y así descubrió que, además de estudiar, su pasión era el teatro. ― Yo creo que no poder relacionarme bien con la gente de mi edad ha sido algo que me ha marcado, pero no me arrepiento porque gracias a eso estoy donde estoy y tengo la visión que tengo ―. 

«Acá lo que llaman “el futuro de los jóvenes» se está perdiendo».

Durante el colegio, Angie representó varios dramas y performances para hacer oír sus inconformidades. La presentación de cada uno de ellos era algo que la motivaba, y su compromiso con los papeles la hizo sobresalir. Por eso, en 2016, su primo Juan David le propuso que se presentara para el papel de boxeadora en la escuela de arte Mojiganga, liderada por Ifigenia Garcés ⎯la mujer que Angie describe como “su mayor referente” y “la mujer que tiene un diccionario en la cabeza” ⎯. 

―Cuando él me dijo que había la oportunidad de entrar a una escuela artística y cultural, donde yo sabía que ⎯más allá de aprender las artes escénicas⎯ iba a aprender mucho de cultura e iba estar en otro entorno que me permitiría nutrirme profesionalmente, entonces yo dije: “esta es mi oportunidad”. Me puse a estudiar el libreto e ingresé. Ahí conocí a Ifigenia y a mis otros compañeros ―.

El papel de boxeadora (Alondra) que Angie menciona es uno de los papeles principales de una obra titulada “Jodidas pero contentas”. Inspirada en una canción de Concha Buika, la obra adapta el título para contar la historia de mujeres maltratadas intentando salir de los círculos de violencia en los que están envueltas. Alondra es una niña de 16 años que guarda rencor y heridas en su interior: la violencia le quita la vida a su padre, su madre muere poco tiempo después y ella, con ganas de venganza, termina hiriendo a otros y a sí misma. Angie encarna entonces el camino que Alondra debe recorrer para perdonarse y perdonar a otros.

La canción de Concha Buika en la cual la obra está inspirada entona los siguientes versos: “porque me haces mucho daño, porque me cuentas mil mentiras… Que aunque tu ya no me quieras, a mí me quiere la vida. Yo me voy de aquí jodida por contenta. Tú me has doblado pero yo aguanto, dolida pero despierta. Por mi futuro; con miedo pero con fuerza, yo no te culpo ni te maldigo, cariño mío, jodida pero contenta. Yo llevo dentro una esperanza, dolida pero despierta pa’ mi futuro, con miedo pero con fuerza, que a partir de ahora y hasta que muera: mi mundo es mío”. Angie, que me cuenta con emoción cómo referencia la canción con su grupo de teatro, me dice ―Tenía once años cuando representé a Alondra. Fue algo muy importante para mí porque aprendí demasiado. Aprendí a reconocerme como mujer, a entender muchas cosas en cuanto al contexto de nuestras vidas y eso me ayudó a empoderarme un poco más ―. Puedo oír cómo se ríe después de contarme su experiencia. ―Esta primera obra que yo hice es la obra que más me ha marcado en la vida―.

Cuando le pregunto por qué la marcó tanto, ella no duda en responderme: ―Pues, porque puedo identificarme con cosas. En especial con ese camino de aceptación. Alondra tiene el suyo y yo tengo el mío―. Después de los años cuando la presión social escolar logró amedrentar la voz de Angie (es decir, la primaria), ella se encontró a sus 11 años con la primera enseñanza de la escuela Mojiganga: el cuerpo es el primer territorio y la violencia lo inhibe y le quita su libertad

―La verdad yo antes no me aceptaba. El hecho de entender que para hacer una presentación tenía que utilizar mi cuerpo, que soltarme, que liberarme… fue muy duro para mí. Yo me cohibía mucho. Por ejemplo, si tenía que saltar y mis senos se movían demasiado, eso para mí era un problema. Si me decían que saltara duro, yo saltaba pasito. No me consideraba una mujer. No me consideraba parte de la sociedad. Con el tiempo entendí que no somos territorios de conquista y que debemos querernos y aceptarnos como somos. Comencé a verme en un espejo y decirme que existen las diversidades, que no tengo que ser modelo 60-90-60. No tengo que ser alta, perfecta o pequeña para quererme. Yo soy lo que soy, no lo que los hombres y su ideal de mujer quieren que sea ―.

Su camino de aceptación trajo consigo otra situación que Angie no podía ignorar más; ella quería ser una líder. Además de su esfuerzo en el colegio, posteriormente en la universidad, y el estudio de las artes, la historia de sus ancestros y cultura en Mojiganga, Angie comenzó a tomar cursos de liderazgo. Primero en la escuela mojiganga y, ahora que inició sus estudios en la universidad, empezó a tomar cursos de liderazgo en la Fundación de Inclusión Polifacética. 

De lunes a viernes, Angie asiste todo el día a la universidad.

Los viernes se dedica a hacer trabajos.

Los sábados asiste a su curso de liderazgo de ocho de la mañana a mediodía. Luego, de dos a seis de la tarde asiste a la escuela Mojiganga.

Cuando le pregunto si descansa los domingos, ella se ríe y me dice: ―No, los domingos son para lavar―.

A la izquierda, Will, 29 años. Estudiante de comunicación social. A la derecha, Angie Paola, 17 años. Artista y estudiante de psicología. Angie comprende que su desarrollo y crecimiento personal se ha influenciado por las enseñanzas de jovenes mayores a ella, quienes le han transmitido su conocimiento y experiencias. Ella no se queda atrás: por medio de las artes le enseña a niños más pequeños que ella sobre historia. De esta forma continua con el legado cultural y social de sus ancestros, el reconocimiento de sus raíces y la región que habitan.

En su curso de liderazgo habla del contexto de su región con otros jóvenes. Luego, cuando tienen esto claro, empiezan a proponer ideas para mejorar el entorno donde viven. ―Soy de las personas que considera que ningún conocimiento se puede quedar en nosotros mismos porque no valdría la pena tenerlo. Acá donde yo vivo hay muchos niños. Yo a veces me siento con ellos y los reúno para hacer trabajos. En medio de los trabajos, les hablo de cosas de una forma muy lúdica y creativa para que me entiendan. Nuestros ancestros, la inclusión, las diversidades… todo lo que nos ayude a prevenir la violencia en un futuro ―.

Repaso la agenda de Angie y noto que diariamente debe hacer muchas cosas: ella lava, estudia, hace los trabajos de su universidad, lee los libros sobre sus ancestros que le dejan en Mojiganga y le ayuda a los niños del barrio con su tarea. Sin embargo, cuando le pregunto qué ha sido lo más difícil de su proceso de aprendizaje, activismo y liderazgo no me habla de la cantidad de cosas diarias y tareas que debe hacer. Ella me responde: ―Reconocer―. Reconocer su origen, a sus ancestros y ancestras, sus costumbres, si su nombre fue cambiado por los españoles o pertenece a la historia afro. Reconocer el potencial de su etnia y que ella, independientemente de su color de piel, pertenece al panorama mundial en la música, en el cine, en la política o en la economía. ―Fue difícil pero entendí que yo puedo ser partícipe de muchos espacios independientemente de mi color de piel, de lo duro que pueda ser mi cabello o de la forma en la que hablo ―.

«Fue difícil pero entendí que yo puedo ser partícipe de muchos espacios independientemente de mi color de piel, de lo duro que pueda ser mi cabello o de la forma en la que hablo»

Aunque su amor por las artes es inmenso, no puede ignorar que, por el medio que sea, los jóvenes en Chocó no reciben el apoyo que ella y muchos quisieran. ―Se dice que la cultura salva vidas, pero aquí a los actores, bailarines, cantantes y demás no nos apoyan. Nos buscan solo cuándo necesitan de nosotros y luego no nos pagan lo correspondiente. Ahí es cuando muchos jóvenes dicen «para ir a ensayar 3 semanas, sin pasajes, sin comida, y luego tener que presentarme sin un pago… sin llevar nada a casa… mejor voy y robo media hora y tengo qué comer». Sé que todo está en la visión y el proyecto de cada uno, pero no todo el que tiene hambre puede pensar en la mejor forma para comer sin afectar a alguien o a él mismo. Acá el gobierno no entiende que los jóvenes sí queremos adquirir conocimiento, pero también queremos que nos paguen por lo que adquirimos―. Angie chasquea la boca con fastidio antes de seguir hablando. ―Los gobernantes se llenan la boca hablando de nuestro talentos, pero no aportan al crecimiento de éstos… En Quibdó, no hay meritocracia ―.

Lo que la mueve a seguir su proceso de formación como psicóloga, lideresa y artista es el amor que siente por su ciudad, por su casa, su Huequito, por Mojiganga, su cuarto y el Malecón. Cuando le pregunto cuáles son sus siguientes pasos, me responde que quiere seguir creciendo como lideresa, quiere que su autonomía sea cada vez más grande y, en el futuro, crear una fundación que ayude a niñas, niños y adolescentes de su región. Quiere ser psicóloga de profesión, pero también quiere estudiar derecho porque quiere ser presidenta de Colombia. Aunque antes de ser presidenta, quiere ser una gran actriz de cine. ― La verdad mis aspiraciones son muy arraigadas a mi contexto, yo quiero cambiar la sociedad, y trabajaré por esto desde ahora ―.

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