El “loco” que envió una rata al Espacio

Hernán Charry se dedica a la astrología y astronomía desde que tiene ocho años. Sus experimentos lo han llevado a ser reconocido en esta área de estudio en Colombia, aunque no todos estén de acuerdo con lo que hace.

Por Loren Buitrago

Hernán espera cada suceso astronómico, como el paso del cometa Halley, para verlo desde su propio observatorio.

Se hace llamar a sí mismo “astrósofo”, porque estudia e integra tres disciplinas que para muchos son antagónicas: la astronomía, la astrología y la filosofía. Los astrónomos piensan que la astrología no es una ciencia, sin embargo, para él sí lo es, porque “se basa en la observación (cuidadosa y probada) de las estrellas y los planetas”. El “sofo”, que lo adopta de la filosofía, lo agrega porque afirma que estudia racionalmente las señales que ve en el espacio.

Él es Hernán Charry. A los ocho años recibió su primer telescopio, que usó para ver pasar los carros que salían de Armenia (Quindío). A los 11 recibió un mejor telescopio con el que apuntaba hacia el cielo cada noche y se dedicaba a observar.  ―Yo al principio distinguía sólo las estrellas y la luna ―dice Hernán mientras agita los brazos hacia el cielo―. Ya después, cuando tuve un mejor telescopio dije «¡Guaaau!» porque me di cuenta que podía ver los anillos de saturno.

Mientras cuenta la anécdota, Hernán se acomoda su gorrito pesquero color beige, que carga a todo lado y oculta un cabello largo, canoso y desaliñado. Contactarlo fue complicado, porque vive alejado del pueblo, de otras casas y de antenas celulares. Sin embargo, cuando hablé con Isabel Bautista, una de sus amigas más cercanas y quien le entrega los mensajes que llegan de fuera de su exilio, me dijo: “ah, no, a Hernán le encantan las entrevistas”.

Hernán vive en un pequeño terreno a 3 kilómetros del convento Santo Ecce Homo. Construyó su hogar él mismo cuando, en los años ochenta, decidió mudarse a Villa de Leyva. “En ese momento yo vi el desierto y dije: aquí es, aquí puedo observar de todo. Claro, cuando había desierto, porque por acá ya no queda casi nada de eso”, dice. A la izquierda está su casa, y a la izquierda, el Observatorio Astronómico De Zaquencipá, en Villa de Leyva.

En el observatorio guarda varias figuras de acción, algunos cohetes que construyó él mismo y los recortes de periódico en los que quedó registrada su más grande hazaña: llevar un ratón al espacio. El telescopio que él mismo construyó, y que ha sido calificado como uno de los más grandes de Boyacá, también reposa allí. En las paredes de cada una de las salas del observatorio reposan fotografías y estudios sobre ovnis y extraterrestres.

― Los extraterrestres existen, yo he visto varios. En una ocasión escuché a los perros ladrar como locos, cuando salí al balcón vi un triángulo de luces que voló muy bajo justo encima de mí. Ya luego lo pensé detenidamente y me di cuenta de que era un ovni ―.

En las paredes del Museo Hernán guarda recortes del periódico El Tiempo en los que hablan de Hermes, la rata que mandó al espacio.

Su hogar es una estructura de dos pisos con forma redonda y techo esférico. Se ingresa subiendo una escalera exterior que da a una puerta ubicada en la mitad de la estructura, a dos metros del suelo. Al ingresar hay un pequeño camino por donde pasar: cabe una sola persona. La habitación está llena de más figuras de acción, cohetes y piezas de construcción: tornillos, cinta, engranajes y brocas. Una fina capa de polvo cubre cada una de las piezas, pero para Hernán eso es lo de menos, él sabe dónde está cada cosa y para qué la va a utilizar.

En el segundo piso está la cocina y su habitación, que comparten un mismo espacio abierto. Tiene una pequeña televisión con forma de caja y una antena, al lado, en el sofá, duermen sus perros: Laika, Mono Cuco y Sasha.

―Todos son rescatados, cuando ya no los quieren vienen a parar aquí ―dice Hernán.

―¿Y personas? ¿No le gustaría convivir con algunas? ―le pregunto.

―No, no, no. Las personas me quitan tiempo y yo estoy demasiado ocupado.

Hernán empezó a vivir sólo hace más de diez años. En un inicio, cuando se mudó a Villa de Leyva, lo hizo junto a su esposa, quien lo abandonó justo después de que Hernán consiguiera cumplir su sueño de ver el cometa Halley. Durante cada mes de 1986, Hernán estuvo mirando por su telescopio casi veinticuatro horas al día esperando el afamado cometa. Lo vio después de ocho meses de vigía. Pero no volvió a ver a quien era su compañera.

Cuando le pregunto en qué está ocupado en este momento, me responde que tiene un proyecto secreto, que no me lo puede contar. También dice que ha estado construyendo dos antenas con imanes bajo tierra: “Las construí para protegerme del 5G y de todos los virus que están creando las multinacionales. Eso va a seguir pasando, Elon Musk, los iluminatis, todos ellos seguirán lanzando virus y vacunas. Esas antenas que puse contrarrestan todas las ondas con las que ellos pretenden controlarnos”.

― Hernán, ¿le han dicho que está loco?

 Ah sí, claro, varias veces. Pero para mí eso es un cumplido.

Hernán con una escultura de un extraterrestre.
A la derecha, el artefacto de “protección contra el 5G” que construyó. En la punta de las vigas posan cuarzos que, según Hernán, mantienen lejos las energías y señales.

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Es un proyecto de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, dedicado al periodismo digital, la producción audiovisual y las narrativas interactivas y transmedia